Profundamente leal a su infortunio

 

La instalación de Adriana González propone un itinerario, una travesía emprendida a lo largo de un espacio, una marcha quizá. Después de un tiempo en que las propuestas ambientales parecían definitivamente asociadas a un proyecto light y una mirada desencantada, comienzan a aparecer obras orientadas a recuperar una mirada crítica y, aún, un fuerte sentido de compromiso con el destino humano y la coyuntura política. El montaje de Adriana debe ser comprendido en esta dirección. Es una obra abierta a significaciones plurales, evidentemente, pero también una instalación que subraya los contenidos reflexivos y contestatarios. Es una narrativa, en el postmoderno sentido del término: si se quiere, un planteamiento que relata una historia.

La historia que nos cuenta Adriana admite muchas lecturas.

Pero todas ellas pueden ser encaradas en clave de trayecto y según la idea de una travesía dramática y radical, definitiva. Esa figura está guardada en el fondo de nuestra memoria: la antigua cultura guaraní se movía (se mueve) impulsada por la utopía de un lugar, de un no lugar, que requiere una búsqueda permanente y obsesiva. Es una utopía de salvación pero también una admonición, una amenaza casi: toda itinerancia supone el desafío de una adversidad que debe ser superada, el albur de un plazo cumplido y de un trecho consumado

El camino que muestra la obra de Adriana, la gesta que narra su instalación, apunta tanto a la utopía como la fatalidad de la errancia. Los avatares de la búsqueda humana tienen siempre dos destino: apuntan a la redención pero esconden el riesgo de un fracaso, de una condena agazapada en el revés de cada proyecto y de cada historia. Este lado sombrío de la aventura humana es la contracara del triunfo o el triunfo mismo, quizá, en pos de un derrotero que tanto conduce a la perdición de la caída como a la esperanza arcaica de un retorno eterno. La artista toma un concepto de José Carlos Rodríguez, el ciudadano paraguayo "es profundamente leal a su infortunio". Heridos en nuestra espera terca, decepcionados por la opción (para muchos, espuria) que tomó la mayoría de nuestro pueblo, muchos paraguayos nos enfrentamos ahora al otro lado de la utopía; la cara forzada por un destino antiguo, la cara leal a la desventura. Ojalá el adentro de la tierra, en donde se hunden los personajes de Adriana, signifique no sólo foso o trinchera sino resguardo; el reducto desde el cual pueda avizorarse, cerca ya del, la esquiva promesa de un camino nuevo.

 

Ticio Escobar, en Asunción 1998

Profundamente leal a su infortunio

 

Mas allá de la línea argumental que haya establecer, Adriana González Brun nos ha lanzado un desafío. Ha dispuesto una frágil construcción para que la exploremos. Frágil y peligrosa, invitante y agobiante. Adriana González Brun ha dispuesto fragmentos de su alma en una habitación. Un recinto cerrado, previsto para otros menesteres estéticos, concebido seguramente para obras de superficie. Sin embargo, ella nos ha introducido, de súbito, en un laberinto, en un mundo a medio construir o, quizás, a punto de ser demolido. Ha tenido el atrevimiento de sumergirnos, en su fastidio, en su hastío, obligándonos a compartir la pesada carga que siente sobre sus espaldas. Nos ha envuelto en los sueños frustrados de un país de maravillas, sin conejo, sin reina y sin espejos. Nos ha dejado indefensos, expuestos a cualquier derrumbe, en la estructura que ha montado en un espacio de cuatro por cinco, de luces tenues y fantasmas precisos, de miedos simulados y porte indiferente, de aromas profundos que emergen de lo abismal de la conciencia. Adriana González Brun ha trabajado enérgicamente para exteriorizar la experiencia íntima de un país que ama, sueña, odia. Un país que la contempla desde su propia historia, hecha de silencios y traiciones, actos valerosos y verborragia envenenada. Vinculada desde niña a la política, ha sentido en carne propia las mutilaciones espirituales de la dictadura. Ha crecido angustiada y esperanzada a la vez, buscando una salida para tanto infortunio. Un infortunio al que -según dicen- el pueblo paraguayo guarda fidelidad absoluta.

Al ver esas grandes vigas a punto de caer, y esos individuos -ciudadanos idiotizados por tanto espasmo, cristalizados en su letargo- uno podría fácilmente caer en la tentación de la amargura. (...)

 

Adriana Almada, en Asunción 1998

Deeply loyal to his misfortune

The installation of Adriana González proposes an itinerary, a journey along a space, a march perhaps.  Some time after, in which the environment proposals seemed to be definitely associated to a light project and to an unhappy look, works destined to recover a critical look are beginning to come up and still a strong sense of commitment with human destiny and the political circumstances.  The work of Adriana must be understood in that way. Obviously, it is a work open to plural meanings, but it is also an installation that underlines the reflective and critical contents. It is a narrative, the most modern sense of the word. If one desires, an argument that tells a story. The story told by Adriana admits many interpretations. But all of them can be tackled in a key of journey and according to the idea of a dramatic and radical journey, definitive.  This figure is kept in the bottom of our memory: the ancient Guarani culture moved (moves) driven by the utopia for a place a non-place, that requires an obsessive and permanent search.  It is an utopia of salvation but is also a warning, almost a threat: every journey means the challenge of a misfortune that must be overcome, the risks of a due term and a consummated journey.

The way shown by the work of Adriana, the gesture that her installation tells, points both to the utopia and the fatality of wandering.  The vicissitudes of human search always have two destinies: they point to the redemption but they hide the risk of a failure, of a hidden damnation in each project and in each story.  This dark side of the human adventure is the other face of triumph or the triumph itself, perhaps seen from the other side.  In this installation, human beings go after a path that both leads to the loss of the fall and the archaic hope of an eternal return.  The artist takes a concept by Jose Carlos Rodríguez, the Paraguayan citizen is “Profoundly loyal to his misfortune”.  Hurt in our stubborn await, disillusioned by the choice (spurious, for many) taken by the majority of our people, many Paraguayans, we face the other side of the utopia; the face forced by an ancient destiny, the loyal face to misfortune.

May the inside of the land, in which the characters of Adriana sink, not only mean ditch or trench but also shelter; the redoubt where the wavering promise of a path can be seen near the bottom.

Ticio Escobar, Asunción 1998

Traducción texto Adriana Almada ( en construcción)

Profundamente leal a su infortunio / Deeply loyal to his misfortune 

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