Profundamente leal a su infortunio,1998 

Andamios de construcción en madera, figuras humanas realizadas en vidrio termo-modelado o en metal. Incorporación de humo ambiental, sonido.

Instalación 5x15x6

Lamarca-Oficina de arte.

Asuncion, Paraguay

Profundamente leal a su infortunio

 

La instalación de Adriana González propone un itinerario, una travesía emprendida a lo largo de un espacio, una marcha quizá. Después de un tiempo en que las propuestas ambientales parecían definitivamente asociadas a un proyecto light y una mirada desencantada, comienzan a aparecer obras orientadas a recuperar una mirada crítica y, aún, un fuerte sentido de compromiso con el destino humano y la coyuntura política. El montaje de Adriana debe ser comprendido en esta dirección. Es una obra abierta a significaciones plurales, evidentemente, pero también una instalación que subraya los contenidos reflexivos y contestatarios. Es una narrativa, en el postmoderno sentido del término: si se quiere, un planteamiento que relata una historia.

La historia que nos cuenta Adriana admite muchas lecturas.

Pero todas ellas pueden ser encaradas en clave de trayecto y según la idea de una travesía dramática y radical, definitiva. Esa figura está guardada en el fondo de nuestra memoria: la antigua cultura guaraní se movía (se mueve) impulsada por la utopía de un lugar, de un no lugar, que requiere una búsqueda permanente y obsesiva. Es una utopía de salvación pero también una admonición, una amenaza casi: toda itinerancia supone el desafío de una adversidad que debe ser superada, el albur de un plazo cumplido y de un trecho consumado

El camino que muestra la obra de Adriana, la gesta que narra su instalación, apunta tanto a la utopía como la fatalidad de la errancia. Los avatares de la búsqueda humana tienen siempre dos destino: apuntan a la redención pero esconden el riesgo de un fracaso, de una condena agazapada en el revés de cada proyecto y de cada historia. Este lado sombrío de la aventura humana es la contracara del triunfo o el triunfo mismo, quizá, en pos de un derrotero que tanto conduce a la perdición de la caída como a la esperanza arcaica de un retorno eterno. La artista toma un concepto de José Carlos Rodríguez, el ciudadano paraguayo "es profundamente leal a su infortunio". Heridos en nuestra espera terca, decepcionados por la opción (para muchos, espuria) que tomó la mayoría de nuestro pueblo, muchos paraguayos nos enfrentamos ahora al otro lado de la utopía; la cara forzada por un destino antiguo, la cara leal a la desventura. Ojalá el adentro de la tierra, en donde se hunden los personajes de Adriana, signifique no sólo foso o trinchera sino resguardo; el reducto desde el cual pueda avizorarse, cerca ya del, la esquiva promesa de un camino nuevo.

 

Ticio Escobar, en Asunción 1998

Profundamente leal a su infortunio

 

Mas allá de la línea argumental que haya establecer, Adriana González Brun nos ha lanzado un desafío. Ha dispuesto una frágil construcción para que la exploremos. Frágil y peligrosa, invitante y agobiante. Adriana González Brun ha dispuesto fragmentos de su alma en una habitación. Un recinto cerrado, previsto para otros menesteres estéticos, concebido seguramente para obras de superficie. Sin embargo, ella nos ha introducido, de súbito, en un laberinto, en un mundo a medio construir o, quizás, a punto de ser demolido. Ha tenido el atrevimiento de sumergirnos, en su fastidio, en su hastío, obligándonos a compartir la pesada carga que siente sobre sus espaldas. Nos ha envuelto en los sueños frustrados de un país de maravillas, sin conejo, sin reina y sin espejos. Nos ha dejado indefensos, expuestos a cualquier derrumbe, en la estructura que ha montado en un espacio de cuatro por cinco, de luces tenues y fantasmas precisos, de miedos simulados y porte indiferente, de aromas profundos que emergen de lo abismal de la conciencia. Adriana González Brun ha trabajado enérgicamente para exteriorizar la experiencia íntima de un país que ama, sueña, odia. Un país que la contempla desde su propia historia, hecha de silencios y traiciones, actos valerosos y verborragia envenenada. Vinculada desde niña a la política, ha sentido en carne propia las mutilaciones espirituales de la dictadura. Ha crecido angustiada y esperanzada a la vez, buscando una salida para tanto infortunio. Un infortunio al que -según dicen- el pueblo paraguayo guarda fidelidad absoluta.

Al ver esas grandes vigas a punto de caer, y esos individuos -ciudadanos idiotizados por tanto espasmo, cristalizados en su letargo- uno podría fácilmente caer en la tentación de la amargura. (...)

 

Adriana Almada, en Asunción 1998

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